Donde empieza todo…

Querido armario:

Eres parte de mí y construyes, junto a mí, mi esencia. Te abres todas las mañanas, como si de un gran ventanal se tratase, y me llenas de luz, vitalidad y fortaleza para emprender un nuevo día con más anhelo, tal café me traslada a esa sensación de placer, de fragancias hogareñas. Hueles a lavanda, inmaculado, despejado, impecable. Así te conservo porque mereces mi dedicación y entrega. Eres quien me acompaña en las previas decisiones que vestirán mi nueva y flamante jornada.

¿A quién sino dedicar semejante homenaje? TODO empieza en ti. Debo atenderte, custodiarte y cultivarte. No sería honesto por mi parte atiborrarte, tú mereces manjares de dioses; no es suficiente con asearte, hay que sanarte, permitiendo que tengas tus espacios y que la energía fluya entre tus piezas renovadas, habiendo despedido las que ya no usas, habiéndote desprendido de las que no necesitas y habiéndote regalado los enseres que van a engalanar mis amaneceres. De tal modo que, al mirarte a los ojos, querido armario, quiero ver en ti el faro que va a guiar mi buque. Y, allí, justo allí, en tu luz, contemplar donde empieza todo…