INTELIGENCIA EMOCIONAL

Este término, actualmente muy conocido, se aplica al ámbito de la educación, la empresa, la medicina y, por supuesto, la psicología, etc.

Aunque la psicología desde sus inicios reconoce la decisiva influencia de las emociones y de la gestión de las mismas en el desarrollo humano, el bienestar personal y las relaciones sociales, debemos este término a Salovey y Mayer, psicólogos de la Universidad de Yale, quienes lo acuñaron en 1990 para referirse a “la capacidad de conocer y supervisar los sentimientos y las emociones de uno mismo y de los demás, discriminar entre ellos y de usar esta información para orientar la acción y el pensamiento propio”. Posteriormente, Goleman popularizó la expresión con su libro “Inteligencia emocional”, que tuvo un enorme éxito mundial.

Una elevada inteligencia emocional aumenta nuestra capacidad de adaptarnos de forma favorable a las propias circunstancias y obstáculos viales, así como a las características y peculiaridades de las personas y los entornos en los que nos movemos. Las habilidades fundamentales que contribuyen a la inteligencia emocional —autoconocimiento, autorregulación, automotivación, empatía y habilidades sociales— influyen directamente en la consecución de nuestras metas, la resolución de problemas, la autosuperación personal, la resiliencia, la adaptación al entorno, el éxito en las relaciones personales… En definitiva, en la percepción de felicidad. No siempre son los más inteligentes, intelectualmente hablando, los que logran sus fines, sino que al margen de la dotación cognitiva de cada cual, la inteligencia emocional es incluso más decisiva en la predicción de futuros resultados desde el punto de vista de la satisfacción vital en general.

La inteligencia emocional puede ser fomentada, desarrollada y fortalecida a lo largo de toda la vida y su ausencia, o una baja dotación, puede influir negativamente en el intelecto e incluso llegar a ser un lastre, arruinar una carrera profesional o promover el fracaso en las relaciones interpersonales. El hecho de que el desarrollo de la inteligencia emocional sea posible a cualquier edad y que pueda aprenderse supone una gran ventaja para cualquiera que sea consciente de que mejorando la gestión de sus propias emociones puede conseguir también una mayor comprensión de las emociones y los estados anímicos ajenos, lo que contribuirá a un acercamiento a la “excelencia” en la gestión de situaciones, estados internos propios, conflictos con otros, apoyo eficaz a los demás o en el liderazgo, entre otras cosas.

Existen formas diversas de aprender y mejorar la inteligencia emocional. Es un camino que uno puede emprender en solitario, informándose, poniendo en práctica y autocorrigiendo las acciones para potenciar las aptitudes fundamentales de la inteligencia emocional, o llevar a cabo este recorrido apasionante en compañía de otros.

La psicoterapia es otra de las efectivas formas de mejorar la inteligencia emocional, ya que es un sendero seguro, dirigido, supervisado y profesional en el que aprender a detectar los propios “errores emocionales”, aumentando, por ejemplo, el autoconocimiento, entre otras habilidades, para incrementar nuestra inteligencia emocional.

Sin duda, la inteligencia emocional nos ayudará en la gestión de momentos de la vida difíciles, confusos o críticos, de cualquier índole; y potenciarla y mejorarla está a nuestro alcance.

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